El sueño de una lengua universal: luces y sombras de la planificación lingüística

Las lenguas son maravillosas, un pequeño tesoro, algo que nos marca y que despierta nuestro sentido de pertenencia… ¡y también una barrera invisible que nos separa de los demás! ¿Quién no ha tenido problemas con los idiomas alguna vez? Es la pesadilla de ir a otro país y no poder comunicar, la horrible sensación de impotencia al hablar y no ser entendido. ¿Y si se pudiera crear una lengua universal? ¿Si existiera algo práctico, que facilitara la comunicación internacional sin determinar la supremacía de una lengua nacional sobre las demás? Esas preguntas son las que movieron a muchos expertos en una loca carrera para realizar un sueño, lo de la lengua universal, que se ha ido balanceando entre la utopía y la realidad.



El que más ha rozado la victoria ha sido el polaco Ludwik Lejzer Zamenhof. Médico y oftalmólogo, Zamenhof deseaba crear un idioma fácil que pudiese unir las diferentes culturas del mundo simplificando la interacción entre ellas. Ojo: la idea no era la de remplazar las lenguas nacionales, sino de introducir un idioma secundario, neutral, apto para las relaciones internacionales. Fue así que en 1887 nació el Esperanto. Al principio recibido con entusiasmo, ese idioma tuvo que enfrentar a las persecuciones de las grandes dictaduras del siglo XX: Hitler lo tachaba de “lengua de los hebreos”, ya que el mismo Zamenhof era de origen judía y Stalin lo acusaba de ser el idioma de los espías antisovieticos. Terminada la segunda guerra mundial, el movimiento esperantista retomó fuerza, aunque nunca llegó a alcanzar su objetivo. Sin embargo, hoy el esperanto es la lengua artificial más hablada en el mundo y una de las más sencillas.


Para dar vida a su proyecto, Zamenhof empleó las técnicas de planificación lingüística con el objetivo honorable de abatir las barreras lingüísticas. Sin embargo, estas herramientas pueden ser utilizadas por fines no tan nobles y si la realidad carece de ejemplos, la ficción nos regala uno tan famoso como aterrante: el Newspeak de George Orwell. De hecho, la función de esa lengua en “1984” es la de controlar el pensamiento de la población, reduciendo la cantidad y el significado de las palabras. El lenguaje se convierte así en el primer obstáculo al libre pensamiento. Por eso, el profesor universitario N. Ruggiero lo considera el lado obscuro de planificación lingüística, la némesis del esperanto: mientras el idioma de Zamenhof mira a implementar el libre pensamiento, el Newspeak quiere anularlo; si el primero está pensado para yuxtaponerse a las lenguas nacionales, el segundo nace para reemplazarlas*. No es una coincidencia el hecho de que el mismo Orwell se inspiró parcialmente en el esperanto para crear su idioma, aunque su primer modelo fue el Basic English, una versión simplificada del inglés que también perseguía el sueño de ser la lengua universal.

En la época de Orwell era muy popular la idea según la cual la lengua influencia a la mentalidad del hablante. La que vemos representada en “1984”, es justamente la exageración de esa teoría. Hoy, semejantes convicciones nos suenan absurdas, utópicas, pero quizás no sean todas patrañas. Por ejemplo, no todas las palabras pueden ser traducidas perfectamente de un idioma al otro: ciertas lenguas tienen diferentes términos para decir cosas similares pero con matices diferentes, mientras en otras la misma palabra puede significar las dos cosas. Es evidente, entonces, que el lenguaje nos impone fraccionar la realidad o verla de manera más uniforme en función de los conceptos que nuestro idioma puede expresar. Además, la lengua va cambiando junto a la sociedad, enriqueciéndose de su evolución no solo científica sino también filosófica: sólo hay que pensar en el intento de muchas feministas de introducir un lenguaje más conforme a la paridad de género, a veces hasta recurriendo a neologismos.


Hoy pensar que el esperanto pueda ser la futura lengua univeral parece irreal, y de hecho es bastante difícil que suceda ya que el inglés ha terminado conquistando un rol central en la comunicación internacional. Por eso podemos decir que, a lo mejor, el sueño de Zamenhof no se ha quedado en la ficción, aunque tampoco se ha realizado como él habría querido. Por más difícil que nos pueda parecer, el inglés tiene el potencial de ser esa lengua universal que, sin reemplazar a los idiomas nacionales permita unir a los hombres a través de la comunicación. A lo mejor tampoco hay que quejarse si es un idioma rico de palabras y significados, porque la realidad misma es complicada. No sea que, en el afán de simplificar el lenguaje, terminemos aceptando una visión ingenua del mundo, cayendo en la perturbante convicción de los personajes de Orwell: que la destrucción de las palabras sea algo de gran hermosura.


Articolo a cura di: Laura Tondolo


* Ruggiero, Esperanto vs Newspeak, o il lato oscuro delle lingue internazionali, www.researchgate.net, 2018.



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